Ismael Martínez


Autor Panameño | Escritor Independiente |
Tutor Literario | Director de editorial LAMI

No escribo historias para distraer. Escribo para incomodar, para acompañar silencios, para nombrar aquello que casi nadie se atreve a decir en voz alta.

Sobre mí

No comencé a escribir con la intención de publicar libros. Comencé a escribir para entenderme. Desde muy joven sentí la necesidad de poner en palabras aquello que no sabía cómo nombrar: pensamientos que se repetían, emociones contradictorias, recuerdos que pesaban más de lo que parecían.

La escritura apareció como un espacio íntimo, casi secreto, donde podía ser brutalmente honesto sin tener que explicarme.
Escribo impulsado por la culpa, la memoria y la fragilidad de la mente humana. Me interesa aquello que ocurre cuando nadie mira: los pensamientos que aparecen de madrugada, los diálogos internos que nunca se pronuncian, las decisiones que nos persiguen durante años. Mis libros suelen moverse en esos márgenes, donde lo emocional y lo psicológico se mezclan hasta volverse inseparables.
No creo en personajes completamente buenos ni en finales cómodos. Creo en personas rotas, en recuerdos fragmentados y en historias que se contradicen, como lo hace la mente cuando intenta sobrevivir. Por eso mi escritura es introspectiva, a veces cruda, a veces silenciosa, y muchas veces incómoda.

Lo que busco provocar en el lector no es alivio, sino reconocimiento. Que quien lea encuentre algo propio entre las páginas: una emoción familiar, una pregunta sin respuesta, una herida que no sabía que seguía abierta. Si un lector termina uno de mis libros sintiéndose acompañado en su incomodidad, entonces la historia cumplió su propósito.No escribo para todos. Escribo para quienes no temen mirar hacia adentro.

Contacto

Si alguna de mis historias resonó contigo, este es el espacio para continuar la conversación. Estoy abierto a intercambiar ideas, explorar nuevas colaboraciones y conectar con personas interesadas en la literatura y la escritura como forma de introspección.
Para editoriales, proyectos editoriales, colaboraciones creativas o simplemente lectores que deseen compartir una reflexión, puedes escribirme directamente o utilizar el formulario de contacto

Panama City, Panama[email protected]

Libros disponibles

Cada uno de mis libros puede leerse de forma independiente, pero juntos conforman un universo narrativo donde la memoria, la culpa y la identidad se repiten desde distintas perspectivas. No son historias cerradas, sino fragmentos de una misma exploración emocional.
A continuación encontrarás una selección de mis obras publicadas. Al explorar cada libro podrás conocer su sinopsis, los temas que aborda y los vínculos que lo conectan con el resto de mi trabajo.

UN MALDITO PERDEDOR, ESO ES LO QUE SOY: la extensa carta de un suicida

Este libro es una obra literaria que se adentra en la mente del autor y explora sus pensamientos más profundos y oscuros. A través de la prosa poética, el autor comparte sus luchas personales con la soledad, la tristeza y la búsqueda de significado en la vida.

MARTES, 28 DE JUNIO DE 2022: diario de un viejo ebrio que quiere ser escritor

En estas páginas, encontrarás las reflexiones de un escritor que lucha contra la soledad y la melancolía mientras explora su pasión por la escritura. A través de sus pensamientos y experiencias, el escritor cuestiona el propósito de escribir y se obliga a analizarse a sí mismo.

NO LEAS ESTE PUTO LIBRO, ES MÁS, VETE AL CARAJO

Este libro es una montaña rusa emocional que te llevará a través de la mente atormentada del autor. Prepárate para sumergirte en un viaje lleno de tristeza, desesperación y un deseo constante de suicidio. Pero no te preocupes, también hay un toque de humor irónico para aliviar la tensión.

ABRAHAM: CARTAS, MONÓLOGOS, TERAPIA

"Abraham" es una obra que se adentra en las profundidades del alma humana, explorando la melancolía, la soledad y la búsqueda de significado en un mundo que a menudo parece desprovisto de sentido. A través de una serie de cartas íntimas dirigidas a Irene, el protagonista, un escritor atormentado, revela sus luchas internas y su relación tumultuosa con el amor, la creación y la existencia misma.

Memorias de una ilusión tergiversada

Este libro es una colección de historias y personajes que exploran la naturaleza de la identidad y las relaciones humanas. El autor, utiliza anagramas y pictogramas para llevar al lector en un viaje emocionante y misterioso a través de estas historias. Las historias presentan personajes interesantes y únicos que se enfrentan a temas como la identidad, el amor, la muerte y la locura.

EL VIAJE IDÍLICO DE UN SUPUESTO HEDONISTA

Este libro contiene el diario de Amelis Tezmarin, quien se aventuró a conocer a una persona diferente cada día durante un año con el fin de aprender más sobre la vida, la felicidad y el sexo. Acompaña a Amelis mientras comparte sus pensamientos más profundos y experiencias íntimas con cada persona que conoce. Desde encuentros casuales hasta situaciones inesperadas, este diario te llevará en un viaje idílico lleno de reflexiones y descubrimientos.

ABRÁZAME, VETMIA

Abrázame, Vetmia cuenta la historia de John y Délire, dos individuos quienes luchan por que las cosas funcionen entre ambos en una relación sentimental. Luchan fuerte a pesar de su evidentes problemas psicológicos y la distancia que los separa.

UN CAFÉ Y TRES CIGARRILLOS: Relatos de un misógino asesino en serie

Este libro es una exploración oscura y cruda de temas complejos y controvertidos relacionados con la violencia, la moralidad y la sociedad. A través de una serie de reflexiones introspectivas y a menudo perturbadoras, el autor nos lleva a un viaje a través de la mente de un asesino en serie, cuestionando nuestra comprensión de lo que es moralmente correcto y lo que no lo es.

LETRAS EMBRIAGADAS: EL ÚLTIMO CAPÍTULO DE UN ESCRITOR EN DECADENCIA

¿Alguna vez has sentido que la vida te ha llevado por un camino que no esperabas? En este libro, encontrarás la historia de un escritor que lucha contra la adicción al alcohol mientras sigue escribiendo con pasión. A lo largo del libro, el autor reflexiona sobre la vida, la muerte, el amor y la soledad.

DELIRANDO, DIVAGANDO: creo que ya es hora de irme

El texto es una mezcla de reflexiones sobre el amor, la pérdida y la lucha contra la adicción al alcohol. El autor expresa su dolor y tristeza por la ausencia de una persona amada y su deseo de volver a estar juntos. A través de sus pensamientos y experiencias, el autor muestra su lucha contra la soledad y la depresión, y su búsqueda de consuelo en el alcohol y en la compañía de mujeres.

Servicios Editoriales: De la Idea al Libro Real

Tu historia merece ser leída. Hagámosla realidad.
Escribir un libro es solo el primer paso. El verdadero desafío es transformar ese manuscrito en una obra con calidad profesional, lista para conectar con los lectores y destacar en el mercado.
A través de Editorial LAMI, te ofrezco un acompañamiento integral y estratégico en cada etapa del proceso de publicación, asegurando que tu voz y la esencia de tu obra se mantengan intactas.

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No tienes que recorrer el camino de la publicación a ciegas. Mi servicio abarca todo lo que tu libro necesita para brillar:Edición y Corrección Estratégica: Pulimos la estructura, el estilo y la narrativa para que tu mensaje impacte con fuerza.Diseño y Maquetación Profesional: Creamos un formato visual impecable, tanto para la versión impresa como para plataformas digitales.Estrategia de Lanzamiento: Te guío en el proceso para que tu obra no solo se publique, sino que llegue eficazmente a manos de tus lectores.

Casos de Éxito: Obras que he ayudado a publicar

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Las formas del amor en mis libros: entre la ternura, la pérdida y el vacío

Hablar de amor es fácil cuando uno lo idealiza. Pero en mis libros, el amor no es una canción pop. Es una carta sin respuesta. Es una habitación vacía. Es el cigarro que se enciende después del último “te extraño”. Es, casi siempre, un eco que duele más que el silencio.A lo largo de mis doce obras, el amor ha sido un personaje más. No siempre visible, pero siempre presente. A veces como bálsamo, otras como herida. En Abrázame, Vetmia y Vetmia, lo plasmé como un intento desesperado de retener a alguien que ya no está. A través de cartas —que no buscan respuestas, sino catarsis— mostré que a veces amamos desde el abandono, no desde la plenitud.En El Naufragio Interior el amor se vuelve tormenta. El protagonista no busca a alguien que lo salve, sino a alguien que se hunda con él. En Un café y tres cigarrillos, el amor es un recuerdo que pesa más que la realidad. Está en los gestos pequeños, en lo no dicho, en lo que se bebe y se fuma para no sentir.Incluso en obras como No leas este puto libro, donde la voz es provocadora y brutal, el amor se filtra como una grieta. Allí es casi odio, casi rencor. Porque cuando uno ama desde el dolor, el amor se contamina. Y eso también es real. También es humano.No me interesa retratar el amor perfecto. No escribo sobre besos bajo la lluvia ni finales felices. Escribo sobre el amor que tambalea. Sobre el que se da a pesar del miedo. Sobre el que se queda atrapado entre lo que uno siente y lo que el otro no puede ofrecer.El amor, en mis libros, tiene formas extrañas. A veces es una ausencia que no se supera. Otras, es una sombra que acompaña al protagonista como un fantasma amable. Y otras más, es un recuerdo tan fuerte que se vuelve cárcel.Pero aun así —y quizá por eso— sigue siendo lo que nos salva. No de la vida, pero sí del olvido.Porque escribir sobre el amor, aunque duela, es mi manera de decir: “Esto existió. Esto me rompió. Pero también me sostuvo.” Y si un lector encuentra en mis palabras su propia historia, entonces ya no estamos tan solos.

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Café, alcohol y cigarrillos: rituales convertidos en símbolos

En mis libros, el café no es solo una bebida. El alcohol no es solo una adicción. El cigarrillo no es solo un vicio. Son rituales. Son excusas para quedarse quieto. Para pensar. Para no romperse.A lo largo de mis obras —desde Un café y tres cigarrillos hasta Letras embriagadas o Martes, 28 de junio— estos elementos aparecen una y otra vez. No porque busque hacerlos parte de un estilo, sino porque son símbolos inevitables de una rutina emocional que muchos llevamos dentro.El café, por ejemplo, representa para mí el momento de pausa. El instante en que uno se sienta, respira hondo y deja que los pensamientos floten sin apuro. El café es testigo de confesiones, de soledades que se disimulan con sorbos lentos, de charlas que nunca pasaron, pero que en la cabeza ya ocurrieron mil veces.El cigarro, en cambio, tiene algo de rebeldía silenciosa. Es una forma de desafiar al cuerpo, pero también una manera de calmar la mente. Fumar es una metáfora del tiempo que se consume mientras uno espera algo que tal vez nunca llegue. Es el compañero de las madrugadas largas, de las palabras que no se dicen, de las heridas que no se cierran.Y el alcohol… El alcohol es el reflejo más honesto del derrumbe. En Letras embriagadas, el narrador no es solo un hombre con una copa: es un ser humano en búsqueda desesperada de consuelo, aunque ese consuelo lo destruya más. El alcohol aparece cuando ya no se puede seguir cargando con tanto silencio. Es refugio, es condena, es musa. Y sí, también es ruina.No idealizo estos símbolos. Los muestro como son: parte del alma rota que narra mis libros. Porque estos objetos cotidianos, tan simples, contienen capas de significado que solo se revelan cuando uno los vive desde la emoción. Cuando uno toma café para no sentir el frío. Cuando uno fuma para no gritar. Cuando uno bebe para no recordar.Lo cotidiano, en mi literatura, se convierte en carga simbólica. Porque es en lo ordinario donde habita lo que duele. Porque muchas veces, lo que nos destruye no es una gran tragedia, sino ese cigarro en soledad, ese vaso medio lleno, esa taza de café que ya no se comparte.No escribo estos elementos porque estén de moda. Los escribo porque son reales. Porque he visto cómo sostienen a quien está a punto de romperse. Porque, al igual que mis personajes, yo también me he sentado con ellos a escribir cuando el mundo parecía demasiado.Y quizás por eso los vuelvo a ellos, una y otra vez. Porque son silenciosos. Porque no preguntan. Porque no juzgan. Y porque, en el fondo, son solo otra forma de escribir sin usar palabras.

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Entre la confesión y la ficción: ¿hasta dónde soy yo en mis libros?

Una de las preguntas que más me hacen —y que también yo me hago a veces— es: ¿hasta qué punto eres tú el que escribe? ¿Cuánto hay de autobiográfico en tus libros? Y siempre contesto lo mismo: todo y nada.Mis libros no son diarios. Pero tampoco son invención pura. Son, quizás, el lugar donde el yo real y el yo literario se cruzan, se enfrentan, se abrazan… y a veces ni se reconocen.Cuando escribí Un maldito perdedor, eso es lo que soy, no necesitaba ficción para hablar del dolor. Lo que buscaba era una manera de vomitar lo que llevaba dentro. ¿Soy yo ese protagonista? No exactamente. Pero tampoco lo niego. Es una parte de mí. Una versión oscura, cruda, desbordada. ¿Y no somos eso a veces, aunque no lo digamos?En No leas este puto libro, rompí la cuarta pared desde la primera página. Me dirigí al lector como si fuese un amigo incómodo, un testigo involuntario. Y ahí no hay máscaras. Solo un tipo escribiendo desde la rabia, desde el sarcasmo, desde la necesidad brutal de decir algo sin miedo al juicio. Ese también soy yo. El que no intenta agradar.Pero luego llega Abraham. Y con él, la pregunta se vuelve más compleja. Abraham no soy yo… pero al mismo tiempo, sí lo soy. Él lleva mi segundo nombre, mis tormentas, mi vacío, mi necesidad de encontrar sentido en medio de la ruina. Él escribe cartas que bien podrían haber sido mías. Él se sienta en la oscuridad a buscarse entre las palabras. ¿Es personaje o reflejo? ¿Invento o confesión? ¿No es acaso lo mismo?A veces escribo cosas que nunca viví, pero que siento como si las hubiese vivido. Otras veces escribo cosas que viví, pero las transformo tanto que ya no sé si siguen siendo mías.La verdad es que escribir es eso: inventarse a uno mismo con cada página. No para mentir, sino para sobrevivir.No soy un personaje. Pero cada personaje que he creado me contiene. Son los fragmentos que no muestro en voz alta. Son las conversaciones que no tuve. Las versiones de mí que no llegaron a ser.Y si me preguntan si todos mis libros hablan de mí, responderé que sí. Pero no de un solo yo. Hablan de todos los que he sido. De todos los que no fui. De todos los que aún me habitan cuando nadie mira.

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El hombre que escribe desde la sombra: sobre la importancia de la introspección

Vivimos en una época que nos exige mostrarnos. Sonreír. Producir. Avanzar. Pero yo siempre he sentido que el verdadero viaje no ocurre hacia afuera, sino hacia dentro. Hacia los rincones donde nadie nos ve, donde se esconde la parte más cruda de lo que somos. Es ahí, en la sombra, donde escribo.No escribo para impresionar. Escribo para entender. Para escuchar esa voz que solo aparece en la noche, cuando ya no hay ruido. Para poner en palabras lo que duele, lo que pesa, lo que no se dice.Mis personajes —todos, en mayor o menor medida— están solos. No por falta de gente, sino por exceso de pensamiento. Por eso divagan, se contradicen, fuman en silencio, escriben cartas que no envían. Porque están buscando. No afuera. Dentro.Divagando, delirando, por ejemplo, es una conversación sin interlocutor. Es un eco que rebota dentro de una mente cansada. Lo mismo ocurre en Un café y tres cigarrillos o en Martes, 28 de junio. No hay grandes escenas. No hay fuegos artificiales. Solo hombres sentados con su dolor. Pensando. Recordando. A veces deseando desaparecer.Sé que no todos los lectores quieren mirar hacia dentro. A veces es más fácil quedarse en la superficie. Pero yo escribo para quienes se atreven a entrar en la sombra. Porque ahí es donde ocurre el cambio. Donde uno se rompe, sí. Pero también donde uno se reconoce.La introspección, para mí, no es una elección estética. Es una necesidad. Es la única manera en que he podido escribir algo que no sea falso. Porque si uno no se sienta frente a sí mismo con brutal honestidad, ¿qué sentido tiene escribir?Escribir desde la sombra no significa escribir desde el pesimismo. Significa escribir desde la verdad. Desde la herida sin maquillar. Desde el pensamiento que incomoda. Desde la parte de nosotros que no sabe si está rota o simplemente más viva que el resto.Y si mis libros son oscuros, no es por un afán trágico. Es porque ahí —en lo oscuro, en lo introspectivo, en lo profundo— hay belleza también. Hay silencio que consuela. Hay palabras que salvan.Escribo desde ahí. Y si tú, lector, alguna vez te has sentado en esa misma sombra, quiero que sepas que no estás solo. Alguien más estuvo allí. Y lo escribió.

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El Código Secreto de un Narcótico Poeta

Un Mensaje Escondido en Código Morse: La Confesión Cruda del HedonistaJusto cuando creías que El Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista no podía volverse más extraño, te encuentras con un mensaje oculto en código morse.Sí, has leído bien.Entre las primeras páginas, como si de una novela de conspiración se tratara, hay una línea compuesta por puntos y rayas. A simple vista parece ruido. Pero al traducirlo, el lector curioso descubre una declaración que cambia por completo la interpretación del libro:> “Soy un maldito drogadicto de mierda con muchas parafilias y maldad en mi corazón, pero sé que en el fondo, muy en el fondo, hay algo de amor.”BOOM. Ahí lo tienes. Una confesión, un grito, una sentencia.Este mensaje oculto no está puesto al azar. Es una clave emocional, una radiografía psíquica del protagonista (y tal vez del autor), que se esconde tras la máscara de viajes, mujeres y sustancias.El verdadero inicio está ocultoMientras muchos lectores pasan por alto esta línea en código morse, quienes se detienen a descifrarla se topan con una puerta secreta hacia el alma del libro. No estás leyendo solo un diario libertino y hedonista. Estás leyendo la autoacusación de un hombre dividido: entre el deseo y la culpa, entre la euforia y el vacío, entre la química y la necesidad de amor.El morse como herramienta narrativaEn tiempos donde todo se grita en redes, esconder un mensaje en un sistema de comunicación antiguo, usado en guerras y llamadas de auxilio, no es casualidad.El protagonista lanza un S.O.S.No lo pide a gritos. Lo pide con código. Solo quienes estén dispuestos a ir más allá, a escarbar entre líneas, lo escucharán.Este detalle eleva el libro al nivel de arte experimental, donde cada elemento importa, desde la fórmula de una droga hasta el tic del reloj o un susurro codificado en puntos y rayas.¿Y si todo esto fuera una terapia disfrazada?Este libro no está loco. Es brillante en su locura.Cada fórmula química, cada anagrama, cada hora marcada, cada país visitado, cada mujer encontrada y cada perversión explorada forman parte de un mecanismo de defensa. Una construcción narrativa con la que el protagonista intenta darle sentido a una vida en ruinas.Y el código morse, irónicamente, es lo más claro que ha dicho en todo el libro.

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¿Con quién habla el hedonista?: El misterio del interlocutor en “El Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista”

Entre fórmulas químicas, anagramas y códigos morse, hay un detalle sutil, pero fundamental, en El Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista… el narrador no está solo.Sí, lo sabemos: Amelis Tezmarin cuenta su historia en primera persona, pero no lo hace al aire. Está hablándole a alguien. Una figura invisible, casi fantasmal, que aparece de vez en cuando con una línea, una pregunta, una interrupción. Como esta, en el capítulo España:—Nooo, qué mierda. ¿Así termina tu estancia en dicho país?
—Lo siento, no recuerdo más, chico. No puedo contarte cada detalle, chico.
Ese breve intercambio lo cambia todo.¿Quién es “chico”?¿Un amigo?
¿Un terapeuta?
¿Un editor?
¿Un lector ficticio al que el narrador ya conoce?
¿O el propio autor hablándole a su otro yo?
La respuesta no está clara, pero lo que sí es evidente es que el viaje no es solo físico ni introspectivo… es narrado como si fuera una conversación. Y eso abre una dimensión más profunda: no estamos ante un simple diario, sino ante una confesión dirigida.Amelis no solo cuenta lo que vivió. Lo justifica. Lo recuerda. Lo reconstruye. Pero no lo hace de forma automática: responde a alguien. A veces con evasivas, otras con sarcasmo, muchas con dolor.—“No puedo contarte cada detalle, chico.”¿Es porque hay cosas que prefiere callar? ¿O porque hay partes que elige olvidar?Este “interlocutor fantasma” es una figura literaria poderosa. Sirve como representación del lector, pero también como una forma de confrontación. Es como si el protagonista necesitara una voz que lo cuestione, que le exija más, que no lo deje escapar.Es una conversación sin contexto... y con muchísimo significadoEste recurso (la conversación entre el narrador y un personaje que apenas aparece) es un guiño a la narrativa confesional, a los libros que se leen como si uno escuchara un audio prohibido, una cinta encontrada, una carta no enviada.No sabes exactamente quién está del otro lado, pero sabes que no eres el único que está escuchando.¿Y si el interlocutor es él mismo?Hay una teoría aún más perturbadora: ¿y si ese "chico" es simplemente una parte de sí mismo?Una voz interna, tal vez más joven, más cuerda, más herida, que insiste en entender qué pasó. Y el narrador, sin poder evadirlo del todo, le responde lo que puede… o lo que se atreve a decir.El Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista no solo se lee como una historia. Se escucha. Tiene eco. Tiene silencios incómodos. Tiene preguntas lanzadas al aire que quizá también tú te hiciste mientras lo leías.Porque cuando un personaje habla solo, se encierra.
Pero cuando le habla a alguien, se desnuda.

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ISMAEL: El Viaje Está Escrito en su Nombre

En El Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista, cada página, cada línea, cada código… parece tener una intención escondida. Pero cuando descubres que los primeros seis capítulos (y los países que los componen) forman el nombre del autor, todo cambia.Las primeras paradas del viaje:1. Italia2. Suiza3. Malta4. Alemania5. España6. Lituania¿Coincidencia? Para nada. El nombre del autor oculto en el itinerario. Un acróstico críptico escondido en la geografía de su personaje.¿Qué significa esto?Este no es un viaje cualquiera. Es una ruta iniciática.
Cada país no es solo un escenario: es un símbolo, una parte del autor. Es como si Ismael Martínez hubiera usado el mapa de Europa como espejo de sí mismo. Como si los primeros seis capítulos fueran una autobiografía cifrada contada a través de excesos, sexo, filosofías y drogas.
El viaje de Amelis Tezmarin (anagrama de Ismael Martínez) es el viaje de Ismael. Y el mapa no es más que el reflejo de su identidad desperdigada por el mundo.Escritura obsesiva, brillante… ¿o una catarsis disfrazada?Este tipo de detalles —los nombres en anagramas, los códigos químicos, el uso de la hora como duración de efectos, el mensaje en morse, y ahora el uso de países para deletrear su nombre— no son simples guiños. Son estructuras cuidadosamente construidas por alguien que no solo quería contar una historia, sino que necesitaba dejar pistas, cicatrices, confesiones encriptadas.¿Y por qué lo haría?Tal vez porque este libro no se trata solo del placer, del sexo, ni de la droga. Tal vez se trata de algo mucho más íntimo:> Reconstruirse a través de lo que se descompone. Nombrarse a través del viaje. Decirse a sí mismo: estoy aquí, en cada página.Una lectura para los que aman descubrirEl Viaje Idílico de un Supuesto Hedonista no es solo para lectores, es para buscadores. Para quienes disfrutan encontrar sentido en los detalles. Para quienes leen entre líneas y preguntan:¿Qué me estás tratando de decir realmente?Y la respuesta está en el mapa, en los nombres, en las fórmulas, en el morse… y ahora, también, en los países.El viaje empieza con ISMAEL. ¿Te atreves a seguirlo hasta el fondo?

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El 5 de mayo también escribe cartas

Hay fechas que uno recuerda por celebración.
Otras, por pérdida. Y a veces… hay días que parecen escribirse a sí mismos desde otro lugar.
Cuando terminé de escribir Vetmia, no me di cuenta de un detalle hasta que alguien más me lo señaló.Una carta, una en particular, está fechada el 5 de mayo de 2018. Mi cumpleaños.No fue intencional. O al menos no de forma consciente.
Pero ahí estaba. Y lo más extraño no es solo la fecha…
es lo que dice esa carta, lo que John Doe escribe ese día.
> “Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza.
Que incluso en los momentos de calma, el corazón pueda sentirse como un cuarto oscuro. ¿La vida es triste o el triste soy yo?”
Cuando la releí con atención me impactó.
Porque esa carta no habla de celebración ni de vida.
Habla de duda existencial, de esa grieta emocional que se cuela incluso cuando todo “debería estar bien”.
Y me pregunté:
¿Por qué ese día?
¿Por qué, sin darme cuenta, hice que uno de mis personajes escribiera algo tan melancólico el mismo día en que nací?
¿Fue coincidencia? ¿O algo que necesitaba salir?Yo suelo decir que algunos detalles los planeo con intención milimétrica. Otros… simplemente ocurren.
Pero hay veces, como esta, en que me parece que el libro escribió algo que yo aún no había procesado del todo.
No fue un mensaje de cumpleaños.
Fue una advertencia emocional.
Una de esas frases que suenan a pensamiento fugaz, pero que cuando las ves por escrito te dejan en silencio.
> ¿La vida es triste o el triste soy yo?No sé si fue John Doe quien lo escribió.
O si fui yo.
O si esa pregunta pertenece a todos.
Un día que se repite distintoDesde entonces, cada 5 de mayo, además de celebrar mi nacimiento, me pregunto qué otras versiones de mí se han escrito en mis libros.Qué partes de mi sombra se escondieron entre fechas, nombres, frases sueltas.Y sí, puede parecer una casualidad.Pero en mi universo narrativo, las casualidades no existen…
solo los símbolos que no hemos terminado de descifrar.
Si algún día lees Vetmia, busca esa carta.
La del 5 de mayo.
Y dime tú…
¿Te pareció solo una coincidencia?
¿O sentiste que alguien más también te hablaba desde ahí?

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La evolución de una herida: 12 libros, 1 autor, muchas vidas

Escribir no ha sido nunca un acto de entretenimiento para mí. Fue, desde el principio, una manera de sobrevivirme. De comprender. De no rendirme ante el dolor ni permitir que el silencio tuviera la última palabra.Mi viaje como autor comenzó con una ilusión, y no cualquiera, sino una tergiversada. Memorias de una Ilusión Tergiversada no fue solo mi primer libro: fue un espejo sucio donde vi por primera vez a los personajes rotos que habitan mi escritura. Allí descubrí que lo que me dolía también podía dolerle al lector. Que la literatura no solo es escape, sino encuentro.Luego vino El viaje idílico de un supuesto hedonista, donde el placer se disfrazó de búsqueda y el sexo de filosofía. Un diario disfrazado de novela. Una exploración de lo humano sin máscaras, y sin el cinismo de quien solo escribe para ser leído.Abrázame, Vetmia y Vetmia nacieron desde lo epistolar. Dos corazones abiertos que sangran por carta. Ahí empecé a entender que el amor no era solo unión, sino también fractura. Esas obras me enseñaron que el deseo de ser comprendido es una herida que nunca cierra del todo.Martes, 28 de junio de 2022 fue un descenso. Un testimonio de la descomposición interna que provoca la soledad cuando se mezcla con alcohol, frustración y sueños rotos. El yo narrativo de ese libro ya no pedía ayuda: solo escribía para no gritar.Con Un café y tres cigarrillos, consolidé lo que para mí es la escritura: un ritual íntimo, una forma de sentarse con los propios demonios. Cada frase fue una exhalación. Cada imagen, un intento de no ahogarme en lo cotidiano.Un maldito perdedor, eso es lo que soy fue la confesión más cruda. Lo escribí sin intención de agradar, sin filtro. Es un libro que duele, y por eso, quizás, es uno de los más verdaderos que he escrito.En Divagando, delirando: Creo que ya es hora de irme, el lenguaje se volvió más poético, pero no menos oscuro. Allí ya no me defendía del dolor: lo abrazaba, lo analizaba, lo dejaba hablar. Fue una especie de despedida a una versión antigua de mí.El Naufragio Interior fue una carta desde la deriva. Una balsa emocional. Es el grito silente de alguien que no sabe si quiere ser rescatado o hundirse del todo. Y es también, sin querer, una de las obras más cercanas al lector, porque todos hemos naufragado alguna vez.En Letras Embriagadas la escritura y el alcohol se volvieron uno. Fue una celebración melancólica del arte como autodestrucción y redención. Quizás, más que un libro, fue un brindis amargo por todo lo que no dije en voz alta.No leas este puto libro es el más honesto. También el más irreverente. Un acto de provocación contra mí mismo. No lo escribí para que gustara, sino para que golpeara. Para decir lo que muchos pensamos pero no decimos, ni siquiera frente al espejo.Y finalmente, ABRAHAM. Mi obra más madura. Mi síntesis. Mi intento de unir todas las versiones de mí en un solo rostro. En este libro ya no huyo: acepto. Ya no escribo desde el desgarro puro, sino desde la cicatriz. No porque haya dejado de doler, sino porque ahora sé que hay belleza también en lo roto.Doce libros después, no soy un autor distinto. Soy el mismo, pero más sincero. Más vulnerable. Más consciente de que la escritura no me salva, pero me acompaña.Cada libro fue un escalón, a veces hacia arriba, a veces hacia dentro. Y si algo puedo decir hoy, es que no escribo para sanar. Escribo para no olvidar. Para recordar que aún con la herida abierta, sigo escribiendo. Y eso, quizás, ya es una forma de luz.

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Plantas que no florecen: los silencios emocionales en Vetmia

A veces escribo escenas que parecen simples. Cotidianas. Pequeñas.Pero con el tiempo —o con la lectura atenta— revelan una carga emocional que ni yo mismo noté al principio.En Vetmia, hay una conversación breve, incluso trivial a primera vista, en la que dos personajes hablan de plantas. Sí. Helechos, aglaonemas, drácenas, aloes…Una escena que en otro contexto parecería una pausa en medio del caos emocional del libro.Pero cuando la releí, tiempo después de haberla escrito, noté algo.Esa conversación no es sobre plantas. Es sobre lo que no crece, lo que no echa raíces, lo que se marchita cuando no hay presencia.“Es difícil para mí amarte cuando no estás cerca”Esa es la frase que aparece justo después de enumerar nombres de plantas. Y de repente, toda la escena cobra otro sentido.Ya no es una charla ligera. Es una confesión disfrazada de botánica.El helecho representa lo que necesita sombra, humedad y cuidado constante.La aglaonema, conocida por sobrevivir sin mucha luz, sugiere resistencia… pero no sin costo.La drácena crece vertical, como quien se aleja.El aloe… bueno, todos sabemos que el aloe cura, pero también pincha.No es casualidad. La metáfora del vínculo emocionalLo que esa escena dice sin decir es esto: el amor también se riega. También se descuida. Y a veces, aunque parezca vivo… ya está seco por dentro.Ella lo dice claramente:> “Olvido cómo hueles, cómo te sientes.”No es una frase romántica.
Es una sentencia. Una forma de decir: me estás dejando sola incluso cuando estás aquí. Y yo, al escribirlo, no sabía si estaba hablando por ella… o por mí.
¿Por qué plantas?Porque las plantas, a diferencia de nosotros, no disimulan.
Si no las cuidas, se nota.
Si las ignoras, se caen.
Si les das lo justo, sobreviven.
Pero rara vez florecen con descuido.
Y a veces, así son nuestras relaciones. Aparentemente vivas.
Pero sin florecer.
No sé si alguien más lo notó, pero ahí está. Entre helechos y drácenas… una ruptura en proceso. Una soledad verde.Tal vez la próxima vez que veas una planta en tus manos, te preguntes:¿Estoy regando esto… o solo lo estoy dejando estar?

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De Nihil a Bethlem: el descenso de John Doe (y quizá el mío)

Hay algo en Vetmia que nunca mencioné abiertamente…
pero que está ahí, escondido, como muchas cosas en mis libros.
Algo que incluso a mí me inquieta un poco.Cuando empecé a escribir esta segunda parte, pensé mucho en los lugares desde donde John Doe escribiría sus cartas.Y no hablo solo de coordenadas físicas, sino de lugares emocionales.De estados internos.
De paisajes mentales.
Así que decidí que las primeras cartas estuvieran firmadas desde un sitio llamado Nihil.
Nihil, en latín, significa nada.
John Doe —ese “nadie”— escribiendo desde la nada.
Desde el punto cero del dolor.
Desde ese silencio abrumador en el que aún no sabes si estás triste… o simplemente vacío.
Pero con el paso de las páginas, ese silencio se rompe.
Las cartas ya no vienen de Nihil.
Ahora están firmadas desde Bethlem.
Sí, el hospital. Bethlem Royal Hospital, también conocido como Bedlam, el primer hospital psiquiátrico de la historia.
Un lugar real. Un símbolo también.
El sitio donde la soledad y el delirio dejan de ser invisibles.
¿Por qué hice ese cambio?Porque para mí, Nihil y Bethlem no son solo lugares.
Son dos fases del colapso emocional.
Nihil es la negación, el entumecimiento, el “no pasa nada”.Bethlem es el desborde, el grito, la habitación sin ventanas.Yo mismo he pasado por esos sitios —aunque no físicamente—
y sé que muchos también.
Primero te acostumbras a no sentir.
Y luego, cuando ya no puedes contenerlo, todo explota dentro.
En Vetmia, ese tránsito ocurre sin aviso.
De repente estás en Bethlem, y no sabes cómo llegaste ahí.
Pero las cartas… las cartas lo sabían desde el principio.
En retrospectiva, hay algo escalofriantemente simbólico en ese recorrido.John Doe empieza escribiendo desde Nihil y termina escribiéndole a Folie, la locura misma.
Y si has girado el libro y leído esas cartas de cabeza… sabes que no son las mismas.
Cambian. Oscurecen. Se hunden.
Vetmia no es solo un libro.
Es una especie de mapa.
Un descenso.
Un espejo invertido de la mente cuando ya no hay más espacio para huir.
Y yo solo puedo decir que escribí lo que sentía…
aunque a veces, ni siquiera yo entiendo del todo lo que sentí.
¿Te diste cuenta de ese detalle al leerlo?
¿Notaste el cambio de dirección?
¿De la nada al hospital?
Si no…
Tal vez sea momento de volver a leer.
O de mirar dentro.
Empieza en Nihil.
Termina en Bethlem.
Y quizás, en algún lugar… también estés tú.

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Vetmia: Cuando la Soledad Se Convierte en Muerte

El ambigrama oculto y las cartas que cambian según cómo leas el libroComo autor, hay veces en que uno siente que escribió algo más de lo que había planeado.
Eso me pasó con mi libro: VETMIA.
Es una continuación de Abrázame, Vetmia, pero no solo en historia… también en experiencia.
Porque Vetmia —esta nueva entrega— no es solo un libro que se lee… Es un libro que se gira.Sí, literalmente.
El título “VETMIA” (soledad, en albanés) fue diseñado como un ambigrama.
¿Qué significa eso?
Que si giras el libro completamente, el título cambia:
De VETMIA… a MUERTE.
Y aquí viene lo más inquietante:
Al girar el libro y comenzar a leerlo al revés, notarás que no todas las páginas son iguales.
Solo algunas cambian.
Solo las cartas dirigidas a “Folie”.
¿Quién es Folie?Si leíste el primer libro, sabrás que “Folie” es el nombre francés para la locura.
En esta segunda parte, John Doe continúa escribiéndole.
Pero cuando el libro se lee de cabeza —cuando “Soledad” se transforma en “Muerte”—
las cartas a Folie se tornan distintas.
Más tristes. Más desesperadas. Más suicidas.Es como si al girar el libro, el lector se sumergiera en otro nivel de la conciencia del protagonista, una dimensión más oscura de sí mismo.¿Está planeado? ¿Es un accidente? ¿Es un delirio?Muchos me han preguntado si esto lo pensé desde el inicio.
Y como suele pasar en mis libros, la respuesta es doble:
Sí, algunos detalles fueron diseñados con intención.
Y otros simplemente… ocurrieron.
El ambigrama sí fue algo que quise desde el comienzo.
La transformación de Soledad en Muerte representa ese límite difuso entre sentirse solo… y no querer seguir más.
Y lo de las cartas a Folie…
Bueno, digamos que hay veces que las historias escriben cosas que uno no recuerda haber escrito.
Un libro que también se exploraAl igual que en el primer libro, hay detalles escondidos.
Coordenadas. Referencias. Capas simbólicas en los nombres, fechas, palabras. Vetmia es un lugar, un estado mental, un espejo.
Y ahora también es una advertencia:Todo lo que se voltea… cambia. ¿Te atreves a leer Vetmia… al derecho y al revés?No es solo una historia. Es una experiencia. Un espejo reversible de la mente, la soledad, y lo que viene después.Gira el libro. Vuelve a leer. Y dime tú… ¿estás leyendo Soledad? ¿O Muerte?

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La gotera y el balde amarillo: metáforas de un alma rota

Hay una imagen que se me quedó grabada para siempre mientras escribía Martes, 28 de junio de 2022. No fue una gran escena, ni un clímax. Fue algo simple. Una gotera. Un balde amarillo. El sonido constante del agua cayendo.Quizás suene absurdo, pero ese pequeño detalle doméstico, casi insignificante, me reflejaba más que el espejo del baño.Yo sabía, mientras lo escribía, que no estaba hablando solo de una gotera. Hablaba de mí. Del desgaste, de la repetición, del goteo constante de pensamientos que no podía apagar. De ese sonido que no te deja dormir, pero que te acompaña en la madrugada, cuando ya nadie más lo hace.Durante días —no solo en la novela, sino en la vida real— me sentaba en mi habitación y escuchaba esa gota caer. Cada cierto tiempo tenía que vaciar el balde, y volver a ponerlo en su lugar. Lo hacía mecánicamente, como quien repite una rutina inútil pero inevitable. Y fue ahí cuando lo entendí: mi alma era ese balde, y mi tristeza, esa gotera eterna.El balde se llena, sí. Y uno se obliga a vaciarlo, a desbordarse en llanto, en palabras, en rabia, en alcohol. A veces en todo al mismo tiempo. Pero el goteo no para. Por más que uno lo intente. Por más que se grite o se escriba. No hay arreglo inmediato para esa fuga interna que no sabemos de dónde viene exactamente.¿Y el tejado? Podría decir que soy yo también. Un tejado viejo, oxidado, que ya no puede evitar filtrar lo que viene de afuera. La vida. La lluvia. El dolor.Si estás leyendo esto y alguna vez te has sentido como un balde lleno a punto de rebalsar, como un techo que ya no aguanta más, como una gota que insiste… entonces creo que te entiendo. Y quizás tú también entiendas por qué escribí este libro.No escribí Martes, 28 de junio de 2022 para ser valiente. Lo escribí para no desbordarme. O al menos, para desbordarme de una manera que doliera un poco menos.Gracias por leerme. A veces lo único que uno necesita es saber que alguien más está escuchando ese sonido también.

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Cartas a Irene: Cuando escribirle a alguien es también buscar la paz perdida

En ABRAHAM: Cartas, Monólogos, Terapia, el protagonista le escribe desesperadamente a Irene, una mujer que ya no está, pero cuya ausencia sigue llenando cada rincón de su vida. A simple vista, podríamos pensar que Irene es solo una ex pareja, un amor roto. Pero en el mundo narrativo de Ismael Martínez, nada es solo lo que parece.Porque Irene no es solo una mujer. Irene es la paz.Literalmente. En la mitología griega, Eirene (o Irene) es la diosa de la paz, hija de Zeus y Temis. Y con ese solo detalle, todo el libro adquiere otra dimensión. Abraham no escribe únicamente por amor; escribe para sobrevivir al caos. Cada carta no es solo una súplica romántica, sino una plegaria emocional para reencontrarse con su propia calma interior. Un diálogo con lo que fue y con lo que perdió dentro de sí.La tragedia clásica en clave contemporáneaLas cartas a Irene no están escritas desde la distancia cómoda del olvido, sino desde el epicentro mismo del dolor. Abraham no solo recuerda, revive. Y para ello, recurre constantemente a referencias mitológicas: Ícaro, Prometeo, Tánatos, Orfeo, Pandora… No es casual. Son símbolos que reflejan su desesperación, su castigo, su duelo y su necesidad de redención.Estos elementos no decoran el texto: lo habitan. Porque así es la escritura de Martínez Lucero: cada elemento, cada nombre, cada metáfora está cuidadosamente elegida para revelar un segundo nivel de significado.Una obra pensada con precisión emocionalUno de los detalles más fascinantes es la cantidad de monólogos: doce. Y ese número tampoco es casual. Doce han sido los libros publicados por el autor. Este, el número trece, es el inesperado, el que se escapa de la estructura. El que se escribe desde la herida abierta y no desde la planificación editorial.Treinta, cuarenta, cincuenta cartas... muchas de ellas sin respuesta. Todas cargadas de una voz sincera, cruda, llena de humanidad. Y cuando el lector se da cuenta de que Irene representa la paz perdida, todo el libro se convierte en una especie de epopeya íntima. Una Odisea hacia uno mismo.Cartas que no buscan un reencuentro, sino un espejoEn un mundo donde escribimos para convencer, Abraham escribe para resistir. Y al hacerlo, nos obliga a mirar hacia dentro:¿A quién le escribimos cuando escribimos a quien ya no está?¿Le hablamos a esa persona… o a lo que perdimos de nosotros cuando se fue?ABRAHAM no es solo un libro de duelo. Es un acto de desnudez emocional. Es un hombre escribiéndole a su paz. Y eso, en estos tiempos, es un gesto radical.

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Mitología griega y salud mental: los dioses como símbolos del trauma moderno

Cuando pensamos en la mitología griega, solemos imaginar dioses lejanos, castillos en el Olimpo, epopeyas de héroes imposibles. Pero en ABRAHAM, la mitología no aparece como algo externo o decorativo. Al contrario, se cuela por las grietas emocionales del protagonista y se convierte en lenguaje íntimo, en espejo de su sufrimiento.El protagonista no solo está roto por dentro. Está, en muchos sentidos, habitando una tragedia griega moderna.La herida es PrometeoPrometeo desafía a los dioses y entrega el fuego a los humanos. Abraham, en cambio, desobedece al amor que debió cuidar. El fuego lo tiene, pero lo quema.
En una de sus cartas, confiesa sentirse como Prometeo: encadenado a sus errores, mientras su corazón —no su hígado— es devorado por el águila del arrepentimiento.
Es el castigo de quien quiso hacer lo correcto… pero terminó pagando el precio de la desobediencia emocional.
Ícaro: volar hacia el amor, caer en la culpaÍcaro voló demasiado alto. Abraham también. Se entregó al amor sin medir consecuencias, desoyó advertencias, y ahora cae, quemado por un sol que él mismo encendió.
Esa caída no es solo romántica. Es existencial.
“Me quema el sol de frente”, dice.
Y no es metáfora solar: es culpa, es memoria, es pérdida.
Pandora: abrir la relación, liberar el caosLa referencia a Pandora no es solo cultural, es emocional. Abraham la menciona en una carta como símbolo de lo que se rompió. Como si al amar, al confiar, se hubiese abierto esa caja mítica y salido todos los males: la traición, la soledad, la ansiedad, el insomnio.
Solo queda atrapada una cosa: la esperanza.
¿Pero es eso bueno? El mismo Abraham se lo cuestiona: “Quizás Zeus tenía razón, y la esperanza fue el peor castigo.”
Orfeo: escribir como forma de no mirar atrásOrfeo bajó al inframundo por su amada. Abraham también.
En sus cartas, dice que escribirle a Irene es la forma más cercana de tenerla, incluso si sabe que nunca leerá esas palabras.
Como Orfeo, sabe que si mira atrás, la perderá del todo.
Pero también sabe que no escribirle sería traicionar su única forma de estar con ella. Por eso escribe. Porque no puede no hacerlo.
Tánatos: el fantasma del finalY cuando el dolor se vuelve insoportable, aparece Tánatos: la personificación de la muerte no violenta. Abraham coquetea con ella sin mencionarla directamente al principio, pero más adelante, lo dice sin adornos: “No le tengo miedo a la muerte. Jamás lo hice.”
La muerte en este libro no es solo el fin, sino una pregunta constante.
¿Será la única forma real de descanso?
Dionisio: el delirio necesarioY en medio de todo esto, siempre está Dionisio. El dios del vino, del caos, del desenfreno, el dios que aparece cuando todo duele demasiado y lo único que queda es anestesiarse.
Abraham escribe ebrio, pero también sobrio.
Y reconoce que muchas de las cartas a Irene —las más sinceras— han sido escritas en total lucidez.
Porque el verdadero vértigo no es el del alcohol, sino el de enfrentar lo que uno siente, sin filtros.
Cuando los dioses antiguos se vuelven emociones humanasLo extraordinario de ABRAHAM es que convierte la mitología en algo cercano. Los dioses ya no viven en el Olimpo, viven dentro de un hombre roto que escribe cartas a su paz perdida.Y es ahí donde el lector se reconoce. Porque todos, en algún momento, hemos sido Prometeo castigado, Ícaro cayendo, Orfeo escribiendo para no morir del todo.En este libro, Ismael Martínez no solo cuenta una historia.
Construye un espejo con nombres antiguos para hablar de dolores muy actuales: la culpa, la pérdida, la ansiedad, la necesidad de ser perdonado.
Porque a veces, la única forma de entender lo que sentimos… es traducirlo en mitología.

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